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La PI engloba toda una gama de intervenciones que pueden ser útiles para el
tratamiento de la esquizofrenia. Las formas más comúnmente descritas son las de
apoyo y dinámicas. En la práctica, los psicoterapeutas utilizan una combinación o
síntesis de diversos enfoques y estrategias. Esta combinación se determina y ajusta
de manera individual para cada paciente en función de su estado clínico concreto,
sus capacidades de afrontamiento y sus preferencias.
Independientemente de la gravedad de la psicopatología, una positiva alianza
terapéutica basada en una alta sintonía con las necesidades de los pacientes se
asocia con un mejor cumplimiento de la medicación y unos mejores resultados.
Estos resultados son coherentes con numerosos estudios que indican que el
sentimiento del paciente de ser escuchado y entendido por el médico es un fuerte
predictor de cumplimiento de la medicación. Lo esencial es un vínculo de confianza y
se advierte contra las intervenciones intrusivas, abogando por un rol de apoyo y un
rol de agente activo en el manejo de la enfermedad.
Los focos más apropiados en la PI serían: ayuda al paciente en el manejo de la
enfermedad, atención a los problemas cotidianos, aproximación ecléctica que
incluya educación, intervención en crisis, fortalecimiento y apoyo para las angustias
existenciales, consejos prácticos e insight.
Se considera como bueno el modelo de vulnerabilidad al estrés para guiar los
esfuerzos psicoterapéuticos.
Las principales recomendaciones para la PI en la esquizofrenia son:
– Se recomienda la terapia cognitivo-conductual para el tratamiento de síntomas
positivos y negativos en la esquizofrenia resistente a los antipsicóticos.
– Durante la fase aguda (o crisis) de la esquizofrenia, se recomienda que las
intervenciones psicosociales vayan destinadas a reducir las relaciones o episodios
de la vida que resulten estresantes y a fomentar unas relaciones de apoyo
(tolerantes y no exigentes) por parte de los profesionales que intervienen en esta
fase.
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